Sermón 25 *

Johannes Tauler

Primer sermón para Pentecostés

  1. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar de las maravillas de Dios. Queridos hijos míos, hoy es el amable aniversario del día en que nos ha sido dado el noble y precioso tesoro que había sido perdido para nuestro gran daño en el Paraíso terrestre, por el pecado y sobre todo por el pecado de desobediencia. Desde entonces, todo el género humano estaba condenado a la muerte eterna; el Espíritu Santo, que es un consolador, estaba completamente perdido con todos sus dones y su consolación; todos los hombres habían incurrido en la eterna cólera de Dios y eran cautivos de la muerte eterna. Nuestro Señor ha roto estas cadenas, el Viernes santo, cuando se dejó hacer prisionero, cargar de cadenas, y murió sobre la cruz. Ese día ha cumplido la plena reconciliación del hombre con su Padre celeste. Pero en el día de Pentecostés, ha confirmado esta reconciliación, y nos ha entregado el noble y precioso tesoro que había sido completamente perdido, es decir, el amable Espíritu Santo: la riqueza, la caridad y la plenitud, que están en él, sobrepasan lo que todos los corazones y todas las inteligencias pueden alcanzar.

Este amable Espíritu Santo vino pues a los discípulos y a todos aquellos que estaban listos para recibirlo con una gran riqueza, una plenitud desbordante, inundándolos interiormente, como si después de haber retenido las aguas del Rhin con un embalse, se retirara éste bruscamente. El río se extendería entonces como una plena inundación, hasta desbordar las riberas, como si quisiera anegarlo y cubrirlo todo, y llenaría todos los valles y todos los fondos que encontrara ante él. Es así como ha hecho el Espíritu Santo a sus discípulos y a todos aquellos que encontró listos para recibirle. Es esto lo que aún hace a toda hora y sin cesar; llena e inunda todos los fondos, corazones y almas donde encuentra algún lugar y los colma de gracia, de amor y de dones, de una riqueza que no se podría describir. Es así como llena los valles y las profundidades que se le presentan. Supongamos que llega, como en el tiempo de Elías, una sequía de tres años y seis meses sin lluvia, sin que se pueda sembrar, ni recolectar y que después de este tiempo viniera a caer una dulce y abundante lluvia que abrevara y refrescara toda la tierra excepto el campo de un solo hombre que permanecería, sólo él, seco y árido, ¿qué pena intolerable y qué desolación no tendría este hombre y sus amigos? “Todos fueron llenos del Espíritu Santo.” ¿Cuál puede ser entonces la impresión de aquel cuyo corazón, cuya alma y cuyo fondo, el hombre interior y exterior han permanecido completamente secos, duros, sin gracia y sin amor, en el día de esta inexpresable consolación que sobrepasa cualquier otra?

Debemos considerar ahora lo que tenemos que hacer para prepararnos para recibir al adorable Espíritu Santo. La preparación más próxima y más elevada, es él mismo quien debe realizarla y operarla en el hombre. ¿Y cuál es la operación por la cual prepara así al hombre para que lo reciba? El Espíritu Santo hace dos cosas en el hombre. En primer lugar, lo vacía; en segundo lugar: llena el vacío tanto y en la medida que encuentra.

(Continúa)

* Sermón 25 de Johannes Tauler (cf. I Mistici Renani, a cargo de M.-A. Van­nier, Jaca Book, Milano, 2013).

 

 

 

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