Meister Eckhart

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  1. Observa qué es lo que hace buenos al ser y al fundamento

He aquí la razón debido a la cual son perfectamente bue­nos el ser y el fundamento existencial del hombre de donde las obras humanas adquieren su bondad: es que la mente del hombre esté orientada solamente hacia Dios. Pon todo tu esfuerzo en que Dios se haga grande para ti y que todos tus afanes y empeños se dirijan hacia Él en todas tus acciones y en todo cuanto dejas de hacer. De cierto, cuanto mayor sea éste, tanto mejores serán todas tus obras, cual­quiera que sea su índole. Consérvate apegado a Dios y Él te añadirá todo el ser-bueno. Busca a Dios, entonces halla­rás a Dios y todo lo bueno. Así, en verdad, con tal disposi­ción de ánimo podrías pisar una piedra, sería una obra más aceptable para Dios que si recibieras el Cuerpo de Nuestro Señor y al hacerlo hubieses puesto tus miras más bien en lo tuyo y tu intención fuera menos desasida. Quien se ape­ga a Dios, a éste se apegan Dios y toda virtud. Y aquello que tú buscabas antes, ahora te busca a ti; aquello tras lo cual corrías tú, ahora corre detrás de ti y aquello de que huías, ahora huye de ti. Por eso: quien se apega estrecha­mente a Dios, a éste se le apega todo cuanto es divino y huye de él todo cuanto es diverso y ajeno a Dios.

 

  1. Del desasimiento y de la posesión de Dios

Me hicieron la siguiente pregunta: que algunas personas se aislaban severamente de los hombres y les gustaba estar siempre solos y de ahí venía su paz así como del hecho de se hallaban en la iglesia ¿si esto era lo mejor?. Entonces dije “no” y ¡presta atención al porqué!. Quién está orienta­do en medio de la verdad, se siente a gusto en todos los lugares y con todas las personas. Mas, quien anda mal, se siente mal en todos los lugares y entre todas las personas. Pero aquel que anda por buen camino, en verdad lleva consigo a Dios. Mas, aquel que en verdad posee a Dios, lo tiene en todos los lugares y en la calle y en medio de toda la gente exactamente lo mismo que en la iglesia o en el desierto o en la celda; con tal de lo que Lo tenga en verdad y solamente a Él, nadie podrá obstaculizar a semejante hombre. ¿Por qué?.

Porque posee solamente a Dios y pone sus miras sólo en Dios, y todas las cosas se le convierten en puro Dios. Tal hombre lleva consigo a Dios en todas sus obras y en todos los lugares, y todas las obras de este hombre las hace sólo Dios; pues, la obra pertenece más propia y verdaderamente a quien es causa de ella que a quien la ejecuta. Si con­centramos, pues, nuestra vista pura y solamente en Dios, Él, en verdad habrá de hacer nuestras obras y nadie, ni la multitud ni el lugar, son capaces de detenerlo en sus obras. Resulta, pues, que a tal hombre nadie lo puede obstaculizar porque no anhela ni busca ni le gusta nada fuera de Dios; porque Él se une con el hombre en todos sus anhelos. Y así como ninguna multiplicidad puede distraer a Dios, así nada puede distraer ni cambiar a este hombre ya que es uno solo en lo Uno, donde toda multiplicidad es una sola cosa y una no-multiplicidad[1].

El hombre debe aprehender a Dios en todas las cosas y ha de habituar a su ánimo a tener siempre presente a Dios en ese ánimo y en su disposición y en su amor[2]. Observa cuál es tu disposición hacia Dios cuando te encuentras en la iglesia o en la celda: esta misma disposición consérvala y llévala contigo en medio de la multitud y de la intran­quilidad y de la desigualdad. Y-como ya he dicho varias veces- cuando se habla de igualdad no se afirma que todas las obras o todos los lugares o toda la gente tengan que considerarse como iguales. Eso sería un gran error, porque rezar es una obra mejor que hilar y la iglesia es un lugar más digno que la calle. Debes guardar, empero, en todas tus obras un ánimo y una confianza y un amor a Dios y una seriedad siempre iguales. A fe mía si fueras así de ecuánime, nadie te imposibilitaría tener presente a tu Dios.

Pero en quien Dios no vive tan de veras, sino que nece­sita continuamente aprehender a Dios desde fuera en esta cosa y en aquélla, y si busca a Dios de manera desigual, ya sea en las obras, o entre la gente, o en lugares, éste no posee a Dios. Y fácilmente habrá alguna cosa que entor­pezca a semejante hombre porque no posee sólo a Dios y no busca ni ama ni aspira sólo a Él; y por ello no lo en­torpecen únicamente las malas compañías sino también las buenas y no sólo la calle sino también la iglesia, y no sólo las palabras y obras malas, sino también las palabras y obras buenas, porque el impedimento se halla dentro de él, ya que Dios, en fuero íntimo, no se le ha convertido en to­das las cosas. Pues, si fuera así, estaría contento y a gusto en todos los lugares y con todas las personas porque él po­seería a Dios y a Éste nadie se lo puede quitar ni dificul­tarlo en su obra.

¿En qué consiste entonces, esta auténtica posesión de Dios de modo que uno lo tenga en verdad?. Esta auténtica posesión de Dios depende de la mente y de una íntima tendencia espiritual y disposición hacia Dios, no de un continuo y llano pensamiento en Dios; porque esto sería para la naturaleza una aspiración imposible; sería muy difícil y además no sería ni siquiera lo mejor de todo. El hombre no debe tener un Dios pensado ni contentarse con Él, pues cuando se esfuma el pensamiento, también se es­fuma ese Dios. Uno debe tener mas bien un Dios esencial que se halla muy por encima de los pensamientos de los hombres y de todas las criaturas. Este Dios no se esfuma, a no ser que el hombre voluntariamente se aparte de Él.

Quien posee a Dios así, en esencia, lo toma al modo divino, y Dios brilla para él en todas las cosas; porque todas las cosas tienen para él sabor de Dios y la imagen de Dios se le hace visible en todas las cosas. Dios brilla en él en todo momento, y en su fuero íntimo se produce un desa­simiento liberador y se le graba la imagen de su Dios ama­do presente. Es como en el caso de un hombre que sufre vivamente de verdadera sed: puede ser que haga algo que no sea beber, y también podrá pensar en otras cosas, pero haga lo que haga y esté con cualquier persona, cuales­quiera que sean sus empeños o sus ideas o sus acciones mientras subsista la sed no le pasará la representación de la bebida, y cuanto mayor sea la sed tanto más fuerte y aguda y presente y constante será la representación de la bebida. O quien ama una cosa ardientemente con todo entusiasmo, de modo que no le gusta ninguna otra ni lo conmueve en el corazón fuera de ésta, y sólo aspira a ella y a nada más: de veras, a este hombre, dondequiera y con quienquiera que esté o cualquier cosa que comience o haga nunca se le apagará en su fuero íntimo aquello que ama tan íntima­mente, y en todas las cosas hallará justamente la imagen de esa cosa y la tendrá presente con tanta más fuerza cuanto más fuerte sea su amor. Un hombre tal no busca tranqui­lidad, porque ninguna intranquilidad le puede turbar. Este hombre merece un elogio mucho mayor ante Dios porque concibe a todas las cosas como divinas y más elevadas de lo que son en sí mismas. De veras, para esto se necesita ardor y amor y que se fije la atención exactamente en el interior del hombre, y un conocimiento recto, verdadero, sensato, real de lo que es el fundamento del ánimo frente a las cosas y a la gente. Esto no lo puede aprender el ser humano mediante la huida, es decir, que exteriormente huya de las cosas y vaya al desierto; al contrario, él debe aprehender un desierto interior dondequiera y con quien­quiera que esté. Debe saber penetrar a través de las cosas y a aprehender a su Dios ahí dentro, y a ser capaz de impri­mir su imagen en su fuero íntimo, fuertemente, de manera especial. Comparémoslo con alguien que quiere aprender a escribir: de cierto, si ha de dominar este arte, tiene que ejercitarse mucho y a menudo en esta actividad, por más arduo y difícil que le resulte y por imposible que le parezca; si está dispuesto a ejercitarse aplicadamente y con frecuencia, lo aprenderá y dominará este arte. A fe mía, primero tiene que fijar sus pensamientos en cada letra separada y grabársela muy firmemente en la memoria. Más tarde, cuando domina el arte, ya no le hacen falta en abso­luto la representación de la imagen ni la reflexión; enton­ces escribe despreocupada y espontáneamente. Y lo mismo ocurre cuando se trata de tocar el violín o de cualquier otra obra que ha de ejecutar con habilidad. A él le basta perfec­tamente saber que quiere poner en práctica su arte; y aun cuando no lo haga en forma continuamente consciente, ejecuta su labor gracias a su habilidad, sean los que sean sus pensamientos.

Del mismo modo, el hombre debe estar compenetrado de la presencia divina y ser conformado a fondo con la forma de su Dios amado y hacerse esencia en Él de modo que le resplandezca el estar presente sin esfuerzo alguno y más aún: que logre desnudarse de todas las cosas y que se mantenga totalmente libre de ellas. Para conseguirlo se necesita, al principio de la reflexión y de un fino ejercicio de la memoria, tal como el alumno en su arte.

 

 

[1] Palabra acuñada por Eckhart: “unvermanicvalticheit” y seguida por su escuela.

[2] Esta actitud recuerda al Ihsan en la tradición islámica que, según un hadîz, “consiste en servir a Allah como si lo vieras, porque si tú no lo ves, Él te ve” (Muslim, Sahîh, 1, 1).

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