Denys Roman

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La mitología griega es rica en leyendas de todo tipo, de las que a veces se hace difícil descubrir el verdadero senti­do, que en su origen debía expresar la mayoría de las veces una verdad de orden doctrinal e incluso iniciático. En uno de los “clásicos” de la filosofía hermética, Les Fables égyptiennes et grecques dévoilées, dom Pernéty ha comen­tado extensamente sus principales leyendas. Pero esta obra, útil como documentación, nos parece que peca de ciertos defectos, que por otra parte no son tanto los de­fectos de Pernéty como los de su siglo. Cuando lo vemos, por ejemplo, aplicarse tanto en demostrar que todos los héroes de la guerra de Troya tienen, según Homero, una ascendencia divina y que en consecuencia, piensa él, sus proezas no pueden ser más que la expresión simbólica de las operaciones de la Obra alquímica, en este punto no podríamos seguirlo. ¿Pero quién pensaría en censurar a Pernéty? En su tiempo, aún no se habían encontrado las ruinas de Troya; y por otra parte, es sólo en nuestros días en que después de René Guénon algunos admiten que los acontecimientos históricos, así como también los hechos geográficos u otros, tienen por sí mismos un significado simbólico[1].

Señalemos de paso una curiosa consecuencia de la posi­ción de Pernéty. Él postula que los mitos antiguos no son hechos históricos y que, por tanto, sólo pueden ser símbo­los. Como está obligado a admitir que los hechos relatados por los libros sagrados del Cristianismo son hechos históri­cos, ni siquiera considera la posibilidad de que pudieran ser también ellos símbolos herméticos. Esto empobrece singu­larmente sus disertaciones y sobre todo su Dictionnaire.

Pernéty parece haber dado una particular importancia a las leyendas que tratan del oro. La edad de oro, el velloci­no de oro, la lluvia de oro, los cuernos de oro, las manza­nas de oro constituyen en su obra objeto de un particular examen. Se observan algunos olvidos en esta lista. ¿Por qué haber omitido el cabello de oro de Pterelao que hacía inmortal a su poseedor y tenía, pues, una evidente relación con el elixir de larga vida[2]? Y, teniendo en cuenta el papel iniciático de la vid, ¿por qué no mencionar, al menos, las ramas o pies de vid de oro[3]?

Pernéty tampoco señala el fin, a veces desgraciado, de los principales conquistadores del oro. Es así como Hipó­menes, que había recibido de Venus tres manzanas de oro que le permitieron desposarse con Atalanta, fue, al igual que ésta última, metamorfoseado en una bestia feroz y uncido al carro de Cibeles[4]. En cuanto a los Argonautas, tuvieron éxito en apropiarse del vellocino de oro, pero su viaje de vuelta estuvo erizado de tribulaciones y la vida ulterior de su jefe Jasón no fue sino una larga sucesión de tragedias. Parece que tales hechos habrían podido dar lugar a algunos desarrollos sobre la necesidad del “rechazo de los poderes”[5].

Hércules se había embarcado con los Argonautas, pero a partir de las primeras etapas del viaje se separó de ellos[6]. Debía cumplir un número de hazañas considerable, pero las más célebres son conocidas bajo el nombre de los doce trabajos de Hércules. El carácter sagrado del número 12 puede hacer suponer que los trabajos de Hércules tienen un significado iniciático; y, de hecho, el oráculo de Delfos ha­bía declarado que tras la finalización de estos 12 trabajos y de los 12 años de servicio debidos por el héroe a su primo Euristeo, Hércules sería admitido a la inmortalidad.

Pernéty ha empleado una parte considerable de su obra en examinar los trabajos de Hércules desde el punto de vista de su aplicación al hermetismo. Ha visto claramente, en particular, que a partir del mismo nacimiento del héroe se encuentra un episodio muy característico. Cuando esta­ba en la cuna con su medio-hermano Ificles, la diosa Juno envió dos serpientes monstruosas para devorarlos. Ificles huyó aterrorizado, pero Hércules, cogiendo las serpientes, una en cada mano, las estranguló. Esta proeza lo identifi­caba en cierto modo al caduceo de Hermes, constituido esencialmente por un tallo de oro alrededor del cual se enrollan dos serpientes. Y hay que señalar igualmente que, en ciertas representaciones del Rebis, este símbolo de la perfección del estado humano sostiene una serpiente en cada mano[7].

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Se podría descubrir un sentido simbólico en todas las aventuras de Hércules, incluso en aquellas que no han sido incluidas en el ciclo de los 12 trabajos[8]. Una de las más cu­riosas a este respecto es el relato de su esclavitud en casa de Onfalia, reina de Lidia[9]. Esta servidumbre termina con una boda, y se relaciona con este hecho una curiosa histo­ria de “intercambio hierogámico”: Hércules, habiéndose vestido con la ropa de la reina, hilaba lana a sus pies, mientras que Onfalia, cubierta con la piel del león de Ne­mea, blandía la maza del héroe. Podemos destacar a este propósito que la rueca (sostenida con la mano izquierda) y la maza (sostenida con la mano derecha) son, una y otra, símbolos “axiales” que desempeñan, en relación con la pareja Hércules-Onfalia (identificable al Rebis), un papel análogo al de las dos serpientes a las que nos hemos refe­rido más arriba[10].

Entre los doce trabajos, son los tres últimos sobre todo los que presentan un interés desde el punto de vista hermé­tico. Y en primer lugar se impone una observación. Mien­tras que los nueve primeros trabajos tienen como escenario el mundo griego y sus inmediaciones (Asia Menor y Tra­cia), los tres últimos nos alejan considerablemente, hasta el punto de hacernos salir de la cuenca mediterránea (bueyes de Gerión y jardín de las Hespérides) e incluso del mundo terrestre (descenso a los Infiernos). Por otra parte estos tres últimos trabajos son los que llevan más claramente el sello iniciático y es en ellos donde parece interesante detenerse.

El orden de enumeración de los doce trabajos es general­mente el mismo en los autores antiguos, con una excepción sin embargo en lo que se refiere a los dos últimos. La mayo­ría de las veces, el 11º trabajo consiste en llevarse las man­zanas de oro y el 12º el descenso a los Infiernos; este es por otra parte el orden que ha seguido Pernéty. Pero se ha considerado también el 11º trabajo como el descenso a los Infiernos y el 12º como la conquista de las manzanas de oro, y bien parece que este último orden sea el más conforme a los principios tradicionales[11]. En efecto, si los 12 trabajos tienen un significado iniciático, el descenso a los Infiernos no podría marcar el final. Debería incluso marcar el inicio; pero se pueden considerar los primeros trabajos como pruebas preliminares; y el hecho de que Hércules, antes de descender a los Infiernos, se hizo iniciar en los misterios de Eleusis, aún viene a reforzar esta interpretación[12].

Lo que habría podido confirmar o invalidar la “regulari­dad” del orden ordinariamente dado en la sucesión de los 12 trabajos, es la correspondencia de cada uno de ellos con uno de los 12 signos del Zodíaco. Desgraciadamente, un autor que ha hecho un estudio en profundidad de la geo­grafía sagrada de la antigua Grecia, el Sr. Jean Richer, estableció irrefutablemente que a pesar de los repetidos in­tentos “desde Higinio y Eratóstenes”, tal pretensión es “manifiestamente absurda” y que toda concordancia entre los signos y los trabajos es “imposible de establecer”. En consecuencia “sería vano tratar de obtener del inventario de los trabajos un Zodíaco completo”. La razón que da el Sr. Jean Richer de semejante estado de cosas resulta muy interesante. Está, en efecto, “ligada al fenómeno de la pre­cesión de los equinoccios”, tan importante para todo lo referente a la cronología tradicional. Mientras que en una época muy antigua, el equinoccio de primavera coincidía con la entrada del sol en el signo de Tauro, “a partir del año 2000 aproximadamente, antes de nuestra era, el punto vernal estaba en el signo de Aries, como consecuencia del desplazamiento del coluro de los equinoccios”. Según el Sr. Jean Richer, un cambio semejante en los hechos astro­nómicos provocó en las diversas ciudades griegas, “antes de la aceptación de un nuevo sistema, una cierta fluctua­ción que conduce a superposiciones o atribuciones dobles que se reflejan en las leyendas y los monumentos”. Hemos resumido, muy brevemente sin duda, la argumentación del Sr. Jean Richer, que nos parece que ha aclarado defini­tivamente un problema que se había vuelto particularmente difícil por “el estado de degradación en el que nos han llegado las leyendas mitológicas”[13].

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Así pues, es imposible hacer coincidir el orden de suce­sión de los trabajos de Hércules con el orden de sucesión de los signos del Zodíaco. Todo intento de establecer una “correspondencia” entre estos trabajos y los principios de este importante aspecto del hermetismo que constituye la astrología se encuentra por ello mismo comprometido, y es de temer que ocurra lo mismo para el otro aspecto: la al­quimia. ¿Qué piensa a este respecto Pernéty?

Según su costumbre, apenas se preocupa en hacer coinci­dir los episodios sucesivos de la leyenda con la serie de “operaciones” del Arte alquímico habitualmente reconoci­da. Simplemente recuerda, a propósito de los actores prin­cipales del mito heracleo (león, hidra, aves, etc.), los sím­bolos análogos que se encuentran en abundancia en los escritos herméticos, y extrae unas conclusiones que por otra parte están lejos de carecer de interés, pero que apenas aclaran nada sobre el significado profundo de la ciencia de los filósofos. Pensamos, en efecto, siguiendo en esto a René Guénon, que el Arte Real nunca tuvo como finalidad cambiar el plomo en oro, sino que trabajaba sobre una “materia prima” también preciosa desde un punto de vista bien diferente, el hombre, a quien se trataba de transmutar en Hombre Verdadero, “reintegrado” en el estado original adámico, mientras que por este mismo hecho toda la natu­raleza reencontraba para él las condiciones edénicas de la “edad de oro”.

En este orden de ideas, podemos señalar que ciertos ele­mentos de la leyenda de Hércules son susceptibles de ad­quirir, si se les aplica los principios de la interpretación tradicional del simbolismo universal, un significado y un alcance por decir así “técnico”, ricos en enseñanzas para la actitud del iniciado e incluso para todo ser que aspire al conocimiento.

Es especialmente el caso del 10º trabajo, el robo de los bueyes de Gerión, que implica para Hércules la salida del Mediterráneo con el fin de acceder a la isla de Eritia, situada en el Océano. El héroe debía, pues, franquear el estrecho que desde entonces tomó el nombre de “columnas de Hércules”. El paso entre las columnas se encuentra en todos los ritos iniciáticos, y las mismas columnas tienen múltiples significados. Las columnas de Hércules habían sido levantadas por el héroe al volver a la cuenca medi­terránea para regresar a su patria, y grabó sobre ellas la inscripción: “Nec plus ultra*. Dante nos recuerda este hecho a lo largo de este extraño canto XXVI del Infierno, en el que ha reunido muy numerosas alusiones relativas a los peligros en que incurren aquellos que, en materia de iniciación, siguen una vía “irregular”.

He aquí lo esencial de este texto, en el que Ulises, se­pultado con Diómedes en una tumba ardiente, relata a Vir­gilio y a Dante su última y fatal aventura:

“Cuando abandoné a Circe, que me había retenido cau­tivo en Gaeta (…), ni las caricias de mi hijo, ni la piedad por mi anciano padre, ni el amor que había jurado a Pe­nélope pudieron vencer mi ardor por el conocimiento del mundo y de los hombres. Por lo cual me lancé por el ancho mar, y seguido por estos compañeros que nunca me aban­donaron, navegué hacia España y Marruecos (…). Estába­mos viejos y cansados por la edad cuando alcanzamos esa estrecha garganta en la que Hércules plantó sus dos límites con el fin de que nadie osara aventurarse más lejos. Enton­ces dije: Hermanos que, a través de miles y miles de peli­gros, habéis llegado hasta los límites de Occidente, seguid al sol y no le neguéis a vuestros ojos extenuados por las vigilias el conocimiento del mundo deshabitado (…). Ha­bía excitado tanto el ardor de mis amigos, que ya no hubie­ra podido retenerlos. Hicimos de los remos alas para un loco vuelo (cinco meses), y después de haber franqueado el paso supremo, llegamos a un monte aislado, el más alto que se había visto nunca. Al verlo fue grande nuestra ale­gría, pero esta alegría se tornó pronto en llanto. De la nue­va tierra surgió un torbellino que golpeó nuestro barco. Por tres veces lo hizo girar: a la cuarta vez, la popa del barco se levantó y la proa se abismó en el mar, como quiso Aquél, hasta que el mar se cerró sobre nosotros”.

Este relato es tan diferente de las diversas versiones sobre la muerte de Ulises transmitidas por la tradición que nos vemos forzados, por así decir, a pensar que Alighieri, al inventarlo, ha querido provocar la sorpresa y la perplejidad en sus lectores. De hecho, ni siquiera hay una sola expre­sión suya que no pueda dar lugar a extensos desarrollos. Nos proponemos llamar la atención sobre algunos puntos, sin tener la pretensión de elucidar todas las oscuridades de un texto que el mejor comentador tradicional de Dante, Luigi Valli, consideraba como particularmente enigmático.*

[1] Para Pernéty, los héroes de la mitología no han existido; no pueden ser, pues, más que “figuras”, y Pernéty pensaba que estas figuras no pueden representar otra cosa que las doctrinas y las operaciones de la alquimia. Es mucho más legítimo pensar, como Guénon, que los hé­roes mitológicos han existido y que no por ello dejan de ser símbolos, e incluso símbolos tanto más excelentes cuanto que su existencia his­tórica ha “encarnado” verdaderamente realidades de un orden superior que no está, por lo demás, únicamente limitada al dominio hermético.

[2] Este cabello de oro había sido dado a Pterelao, rey de Tafos, por su padre el dios Neptuno. Fue cortado por la hija de Pterelao, lo que pro­vocó inmediatamente la muerte del rey. Ovidio, en sus Metamorfosis, habla de un cabello de color púrpura, el de Niso, al cual estaba vincu­lada la posesión del reino de Megara. En ciertas versiones de esta le­yenda, el cabello mágico de Niso no es un cabello púrpura, sino un ca­bello de oro.

[3] Un ramo de oro, dado por Dionisio, desempeña un papel importante en la leyenda de Hipsípila, heroína que está relacionada con dos em­presas altamente simbólicas: la expedición de los Argonautas y la guerra de los Siete Jefes contra Tebas. Por otra parte, un pie de vid de oro, dado por Júpiter, está en el origen del último intento para salvar Troya de la ruina: la intervención de Eurípilo, hijo de Télefo. Final­mente, es casi inútil recordar el ramo de oro que, según las indica­ciones de la Sibila de Cumas, Eneas fue a recoger a un bosque sagrado con el fin de ofrecérselo a la reina de los Infiernos.

[4] La leyenda de Hipómenes y Atalanta, célebre en los textos hermé­ticos, es objeto de uno de los más destacables tratados de Michael Maier: Atalanta fugitiva, que encontraremos más adelante.

[5] Una aventura mitológica en la que el oro desempeña un cierto papel y que acaba benéficamente es la célebre historia de Psique, que el poeta latino Apuleyo ha contado ampliamente en su romance El Asno de oro, cuyo último capítulo relata los ritos de iniciación a los miste­rios de Isis. En la historia de Psique, se trata de un palacio de oro y también de ovejas con la lana de oro, lo que recuerda al carnero con el vellocino de oro. Los viajes y las diversas “pruebas” de Psique prece­den a su descenso a los Infiernos, seguido de su ascensión al cielo donde ella consumirá la ambrosía y el néctar. Todo esto presenta, evi­dentemente, las características de un proceso iniciático felizmente con­ducido a su término normal, que no es otro que la divinización del héroe (o de la heroína). Por otra parte, se precisa que sea Mercurio-Hermes el que acompañe a Psique en su viaje celeste. También se trata, en la mitología, de un perro de oro cuyo papel fue, a la vez, be­néfico y maléfico. Es el perro mágico de oro que vigilaba a Júpiter niño y a la cabra Amaltea en las montañas de Creta. Este perro de oro, robado después por Pandáreo, provocó la “petrificación” del secuestra­dor que fue metamorfoseado en roca.

[6] Según las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, Hércules, en la costa de Asia, perdió un tiempo considerable en buscar a su compañero Hylas raptado por una ninfa, y los Argonautas, cansados de esperarle, prosiguieron sin él su navegación.

[7] El Rebis del Rosario de los Filósofos sostiene en su mano izquierda una serpiente vertical y en su mano derecha una copa de la que salen tres cabezas de serpiente. Esta figura equivale a la de Hércules estran­gulando a las serpientes, pudiendo estar representada la dualidad del Rebis por la pareja Hércules-Ificles. Dado que los símbolos herméti­cos, como todos los símbolos, son susceptibles de una pluralidad de interpretaciones, se observará que la serpiente vertical, sostenida a la izquierda, es el equivalente de la espada, y que es, pues, complemen­taria de la copa sostenida a la derecha. Se sabe que la copa y la espada simbolizan respectivamente la doctrina y el método, que constituyen los dos aspectos de toda enseñanza iniciática.

[8] Es así como la historia bien conocida de Hércules dudando, al comienzo de su carrera, entre el Vicio y la Virtud, era célebre entre los Pitagóricos quienes la representaban con la letra Y, que Rabelais de­nomina “la letra pitagórica”. Se puede ver ahí, según Guénon, el sím­bolo del iniciado hermético que tiene que escoger entre las dos Vías, la “Vía seca” y la “Vía húmeda”.

[9] Este nombre de Onfalia recuerda evidentemente al omphalos del Templo de Delfos, considerado por los griegos como el “ombligo de la tierra” y el centro del mundo. En este lugar se efectuaba la “resolución de los opuestos”, y es por lo que se había depositado allí, como ex-voto, el collar de Armonía, hija de Marte y de Venus, es decir de la guerra y del amor. Entre los Judíos, el ombligo de la tierra estaba situado en el monte Moriah (equivalente hebreo del Meru de los Hindúes). Es sobre este monte, célebre por el sacrificio de Abraham, donde será construido el Templo de Salomón. El emplazamiento está hoy incluido en la mezquita de Omar.

[10] Se puede recordar igualmente, como símbolo equivalente, las cruces de los dos ladrones a uno y otro lado de la cruz central de Cristo. Cristo, en tanto que nuevo Adán, es evidentemente el Hombre Verdadero, del que el Rebis es el símbolo. Se podría objetar que Cristo es esencialmente masculino, mientras que el Rebis es andrógino. Pero esta dificultad parece ser más aparente que real. En las representa­ciones tradicionales de la crucifixión, el sol y la luna (emblemas res­pectivamente masculino y femenino) están representados encima de las manos de Cristo. Por otra parte, al pie de la Cruz se encuentra el grupo de las “santas mujeres” reunidas en torno a la Virgen María que, en la visión propia al cristianismo, ha “concentrado” en su persona, por así decir, un “reflejo” de los aspectos femeninos de la Divinidad.

[11] Este orden viene dado especialmente por el Dictionnaire de la Mythologie grecque et romaine del Sr. Pierre Grimal. Esta obra, de una erudición considerable, tiene en cuenta enseñanzas proporcionadas por todos los autores antiguos, desde los más célebres a los más desco­nocidos.

[12] En realidad, tal como vamos a ver a continuación, los nueve pri­meros trabajos son los que tienen este carácter preliminar. El 10º tra­bajo (robo de los bueyes de Gerión) comporta en efecto el paso por las “columnas de Hércules”, rito cuyo equivalente encontramos en todos los tipos de iniciación.

[13] Jean Richer, Géographie sacrée du monde grec (cap. X, pp. 107-117).

* [N. de la R.]: Sobre esta cuestión R. Guénon apuntaba lo siguiente (Symboles fondamentaux de la Science sacrée, Gallimard, Paris, 1962, cap. XXXVIII: À propos des deux Saint Jean): “Este aspecto de las dos columnas se ve claramente sobre todo en el caso del símbolo de las “columnas de Hércules”; el carácter de “héroe solar” de Hércules y la correspondencia zodiacal de sus doce trabajos son demasiado cono­cidos como para que sea necesario insistir en ello; y está claro que es precisamente este carácter solar el que justifica el significado solsticial de las dos columnas a las que se encuentra vinculado su nombre. Desde el momento en que esto es así, la divisa non plus ultra que es referida a estas columnas se muestra como teniendo un doble signifi­cado: no solamente expresa, según la interpretación habitual que se refiere al punto de vista terrestre y que por otra parte es válida en su orden, que marcan los límites del mundo “conocido”, es decir, en realidad que son los hitos que, por razones que podría ser interesante investigar, no estaba permitido sobrepasar a los viajeros; sino que al mismo tiempo indica, y probablemente habría que decir ante todo, que, desde el punto de vista celeste, son los límites que el sol no puede franquear y entre los cuales, como entre las dos tangentes de que hace un momento se trataba, se cumple interiormente su marcha anual”.

* [N. de la R.]: La desaparición del autor priva el texto de los desarro­llos anunciados.

 

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