Francesco Petrarca

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CAPÍTULO VII

 

[…] Marco Cicerón, tratando de la amistad[1], afirma que no sólo aquellos para quienes la amistad, después de la virtud, es la cosa más agradable, sino también los hombres rudos y salvajes, que se mantienen lejos del trato humano
-apenas si se ha encontrado un solo ejemplo[2] en todo el mundo-, no pueden resistir si no “encuentran a alguien” (no lo definió como “amigo”, la naturaleza de éstos no lo permite) “alguien con quien desahogar la hiel de su propia amargura”. Partiendo de aquí, refiere un dicho de Archita Tarantino[3] que expresa el siguiente concepto: nadie puede ser feliz, no solamente sobre la tierra por la posesión de enormes riquezas, sino incluso tampoco en el cielo por la vista de las estrellas que tiene ante él y por el conoci­miento del mundo, si no tiene a nadie a quien hacer par­tícipe de estos bienes: hasta tal punto rechaza la naturaleza la soledad absoluta. También Cicerón en otro pasaje[4] más famoso: “Si todo lo que concierne a la comida y al sus­tento viniese suministrado, por así decir, por arte de magia, las mentes más lúcidas, a decir de algunos[5], abandonada toda actividad práctica, se dedicarían completamente al conocimiento y al saber”. Después, para dar a entender que se ha hablado irónicamente, revela: “No es así: en realidad huirían de la soledad”. ¡He aquí cómo en pocas palabras parecería condenar todo lo que hemos dicho sobre la soledad! Y, si no hubiera continuado el discurso, se habría puesto en la condición no tanto de tener que exponer un pasaje de Cicerón, sino más bien de rechazar de nuestra investigación, como sospechoso, el testimonio de un ora­dor, aunque estuviera inserto en una obra de filosofía. Pero observa bien lo que aun dice: así quedará claro que se refiere solamente a la soledad más absoluta e inhumana
-que de ella huye, ciertamente no huye siquiera del indi­viduo- y por tanto no condena la nuestra, sino otra opinión, no pretende que huyendo de la soledad, se vaya contra la multitud, sino que solamente por amor de la soledad no se huya de la humanidad. En realidad, después de haber dicho “huirían de la soledad”, añade “y buscarían un compañero en el estudio, a quien querrían enseñar, escuchar y apren­der de él”[6]: no habla por tanto de “compañeros”, sino de “un compañero”. Dado que la soledad, aunque embellecida por tantos grandes bienes, se revela intolerable, desde el momento en que falte alguien con quien compartirla, in­cluso a las almas salvajes que odian la relación con los hombres, ¿cómo se revelará a las personas serenas y dota­das de humanidad? Si se está convencido de que un solo interlocutor ofrece tanto consuelo a aquellos que no cono­cen la amistad, ¿qué no dará a los que verdaderamente cul­tivan la amistad la compañía de un amigo fiel, en quien se ven a sí mismos, de quien escuchan la verdad, con el que
-como aun dice Cicerón- se tiene la audacia de hablar como consigo mismo, hacia el cual no se alberga ninguna sospe­cha, un amigo que no esconda ningún engaño, por el cual se afrontaría gustosamente cualquier fatiga, sin el cual no habría dulce reposo, del que finalmente venga la defensa contra la suerte adversa y el ornamento de la favorable? Si decidiera excluirlos de la soledad, sería cruel; y en verdad nunca me parecería que la presencia de un amigo interrum­pa la soledad, sino que más bien la adorna. Finalmente, si se debiera renunciar a una de las dos cosas, preferiría ser privado de la soledad antes que de un amigo. Abrazo por tanto la soledad de modo tal que no rechazo la amistad ni huyo siquiera del individuo, a menos que por ventura éste no tenga hábitos tales que la tranquilidad de la vida -cosa a no descuidar- me persuada a alejarme de él incluso en la ciudad. Toda la cuestión se reduce por tanto a esto: a compartir con los amigos incluso la soledad así como cual­quier otra cosa, dando fe a aquella frase más humana del mismo Séneca para quien la posesión de cualquier bien no es placentera sin un compañero[7] y convenciéndose de que la soledad es verdaderamente un bien grande y dulce. […]

 

CAPÍTULO VIII

 

Y, por tocar también argumentos que parecen bastante poco importantes, ¿te parece poco no gustar aquel tedio cotidiano que sólo en raras ocasiones el habitante de la ciudad consigue eludir y que no sólo el hombre procura al hombre, sino que un espíritu enfermo se procura, encon­trándose en desacuerdo con sí mismo? Aquí y allí en las plazas de la ciudad te encontrarás con multitud de personas necias de cuyas bocas escucharás las más de las veces aquellos verbos de los gramáticos: piget, tædet e pœnitet[8] y aquella famosa frase de Terencio: “No sé qué hacer”[9]. Creo en todo y, en particular, en esto último. Si supieran en realidad qué cosa hacer, todos sus lamentos tendrían un final inmediato. ¿De qué se aburren -te pregunto- sino de su propia ignorancia y de su propia estupidez? Séneca dice: “Toda estupidez está angustiada por las náuseas de sí misma”[10]. A ellos la vida no les place y no sin razón: no toman ninguna decisión definitiva, firme, en el fondo, nin­guna idea les place porque, como afirma el propio Séneca en el mismo pasaje, “sólo al sabio le placen las cosas que tiene”[11]. No saben qué hacer y no ignoran no saberlo ni lo ocultan. De ello se desprende que ignoran el propósito de su existencia. ¿Cómo podrían amar por tanto aquello de lo que no conocen su utilidad? La mayoría viven como cre­yendo haber nacido exclusivamente para servir a la gar­ganta y al vientre, esclavos verdaderamente infelices asignados así a viles patrones. Y para que no haya ninguna duda de que las cosas son verdaderamente así, añadiré que aquéllos acostumbran a preguntarse -si una palabra de indulgencia de la madre naturaleza diera al hombre una vida libre de sueño, de copular, de comida y bebida, in­cluso, aunque sin estas cosas, rica en tranquilidad, descen­dencia y de una moderada y perenne saciedad- si una vida de este tipo fuera preferible a la nuestra que está siempre expuesta y sujeta a tantas necesidades. ¡Cuántas veces me he encontrado sin buscarlo en medio de estas discusiones! Y, esperando en silencio que terminasen, rara vez he escuchado a nadie no sostener con ardor que esta mísera vida nuestra es preferible a esa otra de beatitud. Aquéllos, audaces en su propia locura, por lo general dicen así: “¿Qué haremos, si nos quitan el sueño, la cópula, la comida y la bebida? ¿Qué clase de vida será ésta, despo­jada de las tareas y deberes que le corresponden?”. Mues­tran así claramente y admiten sin pudor alguno no vivir para otra cosa que para lo que tienen en común con los brutos. Como si, en realidad, no pudieran emplearse en ocupaciones más nobles -en la contemplación de Dios, en el conocimiento de las cosas o en el ejercicio de las virtu­des- el tiempo que perdemos compartiendo esta nuestra brevísima existencia con el sueño y los placeres.

Y, para provocar mayor desdén de tu parte, eliminada casi toda esperanza de más juicioso consejo, pongo a Dios y a mi memoria por testigos de que he escuchado estas afirmaciones con más frecuencia de la boca de los viejos que de los jóvenes. Tal es la seriedad y la madurez de nuestros viejos que consideran una desgracia el ser arrancados del placer, mientras tienen ante sus ojos la muerte que pronto les arrancará la vida, mísera, de la po­drida y decadente morada de los miembros. Hasta tal punto el mismo nombre del placer, grato en la adolescencia, es dulce hasta la vejez que, si el placer viene a menos, desprecian los efectos de la vejez y no quieren unirse al destino si no es por un camino sucio y embarrado: viajeros verdaderamente infelices y fuera de camino, que, a pesar de que ahora se acercan a la meta, la odian, amando el camino. Alguno de ellos, es cierto, podría revelarse más cauto al hacer tales afirmaciones: no obstante se le escu­charía dudar y discutir de tal modo que dejara entender que él se retracta del error por vergüenza más que seguir la verdad por propósito deliberado. De estos habla Agustín en el tratado sobre la Verdadera religión: “Aquellos que tienen por vil la salud del cuerpo, prefiriendo comer antes que estar saciados y prefieren servirse de los genitales antes que no estar sujetos a pulsiones semejantes; se en­cuentran incluso algunos que prefieren dormir antes que no dormir, cuando en realidad el fin de cada uno de estos placeres es el no tener hambre ni sed, el no desear la copulación y el no estar cansado”[12]. Y ulteriormente aña­de: “Aquellos que quieren tener sed y hambre y arder de pasión y estar cansados, para comer, beber, copular y dormir con placer…” no dice: “Aman la infelicidad y el dolor” -en realidad nadie podría ser tan enemigo de su salud como para amar el nombre del dolor y de la infeli­cidad-, pero “aman la indigencia, que es el principio de los más grandes dolores”[13]. Es evidente que, como los efectos están contenidos en la causa, así en el amor de la causa está contenido el amor por los efectos; concluye por tanto con esta terrible afirmación: “Se realizará en ellos lo que ellos aman, así que para ellos será el llanto y el crujir de dientes”[14]. Ved cómo se deduce el efecto de la causa: porque han amado la indigencia, obtendrán infelicidad. En ese libro[15] diserta mucho y muy bien sobre este tema contra la elección de aquéllos. La cuestión, por lo demás, bien conocida del propio vulgo, es bastante clara. Por lo tanto -afirma- podemos decir que se encuentran aquellos que prefieren esto, pero se encuentran pocos que quieran alguna otra cosa, puesto que, a pesar de que se esfuerzan por levantar un poco más alto la mirada, no lo consiguen, cegados como están por el humo y el polvo del vulgo, y el griterío y el estruendo de los errores del vulgo les impiden prestar oído a quien les llama a una condición mejor. Así gran parte de los hombres -o por propia voluntad o porque se ven obligados- igual que los animales salvajes apegados a la tierra y obedientes al cuerpo, desatendiendo el alma, sin dejarse atraer por la virtud, sin conocerse a sí mismos, viven sin gloria y en la angustia; aunque a veces una mejor naturaleza les estimule, les provoque, se les haga presente, se oponen sin embargo los obstáculos de los que se ha hablado. De aquí el odio por la vida, de aquí el origen del aburrimiento, de aquí aquella inquietud que es la peor cosa que el hombre puede probar durante la vida. ¿Qué hay de extraño en que aquéllos se vean inseguros en el momento de actuar o de tomar una decisión? ¿Si nada de aquello que han emprendido les satisface? De hecho no es lo que querían, ya que no quieren absolutamente nada con segu­ridad. Querer siempre una única cosa y bien definida es característica distintiva del sabio; la inconstancia de los deseos es prueba irrefutable de estupidez: no dejaré de citarte, Séneca: “Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto dirigirse”[16]. […]

 

CAPÍTULO IX

 

Baste lo que he dicho sobre estos asuntos que, según el tiempo del que dispongo en medida bastante limitada, en parte recuerdo como cosas vistas o sentidas, en parte con­jeturo de lo que he visto y sentido; y lo hago con ansia, como un pecador, sobre las cuestiones más profundas y con mayor audacia, como uno que ha adquirido amplia experiencia, sobre esas más comunes. Ello me está garan­tizado por esta nuestra relación, por mi deseo de libertad y mi notorio amor por las letras y la soledad. Pero, para concluir, diré solamente una cosa más: los gobernadores de las provincias y los regidores de las ciudades, apenas se encuentran sobre el territorio que está bajo su jurisdicción, suelen dar aviso con una proclama para que todo el mundo se abstenga de cometer delitos. Esta costumbre, en los tiempos de mi juventud, estaba muy difundida en Italia y no sé si lo sigue estando, ya sea porque no estoy allí, ya porque poco a poco, en todo lugar de la tierra, todo decae: todas las buenas costumbres tienen breve duración, las malas sin embargo son eternas. Después de la instalación de los nuevos gobernadores se veían a los estafadores, los ladrones y rufianes huir de las ciudades en todas direccio­nes bajo la mirada de todos. Por otra parte, si nos fijamos en los templos antiguos, mucho más antigua es aquella costumbre a la que -tal como se cuenta- recurrió tan oportunamente aquel famoso caudillo[17] de las milicias nu­mantinas, que se habían debilitado por el descuido de sus precedentes comandantes y la insubordinación de los soldados. Él, el mismo día en que por primera vez había llegado al campamento, lo devolvió a la disciplina alejan­do del campamento, con un único aviso del pregonero, a cocineros, rufianes, una multitud de mercaderes y todas las personas de género tal que llevaban a la disolución, junto a dos mil prostitutas que seguían al ejército, acostumbrado a la lujuria y a la fuga. Se piensa que este hecho contribuyó mucho a aquella celebérrima y ya casi inesperada victoria: otros ilustres caudillos siguieron este ejemplo, pero será suficiente haber recordado al más ilustre. Nosotros, para venir sobre la cuestión, porque tenemos la tarea de gobernar y disciplinar no ciudades, reinos o ejércitos, sino el estado de nuestra alma, hacemos como si nos hubiera tocado una pequeña provincia; pero cuando el imperio de la razón se dispone a reprimir los motines y rebeliones del alma, entonces comprende por primera vez qué dura guerra es gobernarse a sí mismo y cuan turbulenta es la provincia. ¿Qué es necesario hacer, en este punto? Si me lo preguntas, precisamente lo que -como he dicho- goberna­dores y caudillos solían hacer. Éstos tienen quizás una tarea más comprometida: sin duda podría admitirse en lo que concierne al número; a ellos se les ha confiado de hecho el cuidado de grandes pueblos o ejércitos, a nosotros el de una sola alma; en cuanto concierne al riesgo, no obstante, lo negaría. ¿Qué cosa hay más arriesgada de hecho que morir, aunque sólo mueras tú? Por el contrario, algunos suelen considerar la muerte en compañía con muchos otros como un alivio del mal. Y así también no­sotros debemos expulsar fuera de nuestros confines la infamia, echar las pasiones ilícitas, reprimir la disolución, corregir la molicie, elevar el ánimo a cosas más nobles. Como elegantemente dice Flacco: “Si nos arrepentimos sinceramente de nuestros delitos, debemos extirpar los fundamentos de la triste codicia y plasmar las mentes todavía tiernas con una educación más severa”[18]. Unos rigen una ciudad de gente, otros un ejército de soldados: nosotros tenemos la ciudad de nuestra alma, el ejército de nuestras preocupaciones: nos encontramos agitados por guerras civiles y externas. ¿Pensamos quizás que exista un estado más inquieto que el del alma humana? ¿Queremos quizás que para nosotros los enemigos son menos ague­rridos que los que encontró Escipión en Numancia? Él atacaba una sola ciudad, un solo pueblo: nosotros comba­timos contra el mundo, contra la carne y contra los demo­nios. ¿Qué te parecen estos enemigos? ¿Cuán concertados están, cuán solícitos son, cuán animosos? Aquel famoso caudillo -como se ha dicho- se unió al ejército corrupto, sucediendo a comandantes derrotados y puestos en fuga. ¿Y nosotros? ¿Acaso no hemos venido a un mundo bastan­te debilitado y corrupto, lleno de ejemplos de desidia no sólo de los otros, sino también nuestra? ¿Cuántos hemos oído caer? ¿Cuántos no hemos visto ya en tierra? ¿Cuántas veces hemos caído nosotros mismos? ¿Cuántas veces nos hemos expuesto al riesgo de caer? Todo nuestro entorno está lleno de terrores: nuestra alma débil y sin vigor, numerosos enemigos y nunca dominados, grandes peligros y siempre al acecho, ningún lugar para dormir o descansar. Si deseamos la salvación y la victoria, sigamos el ejemplo del caudillo victorioso, puesto que también nosotros somos caudillos de aquello que nos pertenece[19] ¡y el mismo peli­gro exige iguales precauciones! ¿Pero qué digo? El peligro que nosotros corremos es aún mayor y más grande es la recompensa: en realidad aquello tenía el objetivo de corre­gir solamente los defectos ajenos, nosotros en su lugar también los nuestros; él procuraba prosperidad a su patria mortal, que más pronto o más tarde habría dejado de existir, y a sí mismo una gloria temporal[20], nosotros nos garantizamos la salvación del alma inmortal y la vida eterna. Por lo tanto, si preferimos las cosas más grandes a las más pequeñas y las nuestras a las de los otros, alejemos con el máximo escrúpulo todo lo que se opone a este propósito. “¿Cómo podrá ocurrir esto?” me preguntaréis. ¿Quizás desterrar los vicios, cosa que ni leyes ni reyes consiguieron hacer nunca? ¿Tomarás tal vez un camino hasta hoy imprevisto, para deshacer con nuevas técnicas nudos inextricables? ¿Arrancarás quizás al rico del lujo, a los siervos del robo, a los pobres de los lamentos, a la plebe de la envidia, a los nobles de la soberbia, a la curia del fraude, a la plaza de los placeres, a la multitud de la discordia, a casi todos de la avidez? Quisiera poder hacer­lo, pero no me ilusiono con que ello sea posible y admito que sería más fácil extraer todo el azufre de las vísceras del Etna y todo el lodo de todos los pantanos que expulsar estos males, este incendio de delitos, este vertedero de costumbres de la sentina de la ciudad, que son las infames sedes de tales mercancías; en ellas un genio, aun fecundo, arraigaría con dificultad y mejor sería que permaneciese alejado. ¿Qué decir entonces? Recurro a aquel principio que me es familiar: huir de las calamidades que no pode­mos poner en fuga. Para hacer esto un único puerto, un único refugio conozco: la vida solitaria. He tratado de esto tan ampliamente que ahora temo haberte llevado al aburri­miento y hacerte aparecer la soledad más locuaz que la misma ciudad.

 

 

[1] Cicerón, De amicitia, 23, 87.

[2] Cicerón, en el pasaje arriba citado, refiere, como único ejemplo de misantropía, el comportamiento de Timón el ateniense, personaje poco conocido, que vivió hacia el final del siglo V a. C. y que no ha de confundirse con otro más famoso llamado Timón de Fliunte, filósofo escéptico del siglo III.

[3] Cicerón, De amicitia, 23, 88. Archita fue matemático, hombre de armas y filósofo pitagórico, que vivió en el siglo IV a. C.

[4] Cicerón, De officiis I, 44, 158.

[5] Cicerón refuta aquí una tesis epicúrea.

[6] Cicerón, De officiis I, 44, 158.

[7] Séneca, Epistolæ ad Lucilium, 6, 4.

[8] Los tres verbos, lamentarse, aburrirse, arrepentirse, pertenecen a la clase de los absolutamente impersonales reagrupados desde siempre en la gramática latina y aprendidos de memoria por los estudiantes.

[9] Terencio, Eunuchus, 73.

[10] Séneca, Epistolæ ad Lucilium, 9, 22.

[11] Séneca, Epistolæ ad Lucilium, 9, 22.

[12] San Agustín, De vera religione LIII, 102 (P.L. 34, col. 167).

[13] San Agustín, De vera religione LIV, 104 (P.L. 34, col. 168).

[14] San Agustín, De vera religione LIV, 104 (P.L. 34, col. 168).

[15] Es decir, en el De vera religione.

[16] Séneca, Epistolæ ad Lucilium, 71, 3.

[17] El famoso caudillo al que se hace referencia es Escipión Emiliano; cf. Valerius Maximus, Factorum et dictorum memorabilium II, 7, 1: “P. Cornelius Scipio… consul in Hispaniam missus ut insolentissimos Numantinæ urbis spiritus superiorum ducum culpa nutritos contunderet, eodem momento temporis, quo castra intravit, edixit ut omnia ex his, quæ voluptatis causa comparata erant, auferrentur ac summo­verentur: nam constat tum maximum inde institorum et lixarum cum duobus milibus scortorum abisse. Hac turpi ac erubescenda sentina vacuefactus exercitus noster, qui paulo ante metu mortis deformi se foederis ictu maculaverat, erecta et recreata virtute… Numantiam… solo æquavit”.

[18] Horacio, Carmen sæculare III, 24, 50-54.

[19] Rerum nostrarum: es decir, tal como ha dicho poco antes, “de nuestra alma y de nuestras preocupaciones”.

[20] La gloria de Escipión es “temporal” no porque sea de breve du­ración, sino porque siempre está ligada al mundo y por tanto destinada más pronto o más tarde a extinguirse.

 

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