La vía metafísica*

Matgioi

Albert Puyou, conde de Pouvourville, nació en 1861 en Nancy y murió en París en 1939. Proveniente de una familia de tradición militar, participó en la expedición francesa en Indochina, donde fue iniciado al taoísmo con el nombre de Mat-Gioi, u Ojo del Día. Vuelto a Francia, en abril de 1904 fundó, en colaboración con Léon Champrenaud, la revista La Voie (publicada hasta marzo de 1907 y después retomada por René Guénon con el nacimiento de La Gnose), en la cual aparecerán por primera vez sus dos obras capitales, La Voie Métaphysique, de las que a continuación presentamos su segundo capítulo, y La Voie Rationelle.

En la presentación de su traducción del Tao de Lao-Tsu, escribe: “Haber habitado el país en el que el Tao ha sido escrito, donde se enseña el espíritu, donde sus preceptos son puestos en práctica, es la única excusa que se puede aducir para presentar una nueva traducción del Tao de Laotsu, a saber, la mía. […] El hombre mejor preparado para una transcripción fiel tanto de la letra como del espíritu, sería el que hubiera tenido la fortuna de escuchar, no las disertaciones en francés de los intérpretes sobre el significado de los ideogramas, sino las exposiciones de los sabios, en mandarín, de las ideas que aquellos ideogramas les significaban. Vivir la vida de estos hombres, escuchar sus discursos, ver sus máximas puestas en acción: estudiar las enseñanzas de los Tongsang, doctores laicos, profesores de la doctrina metafísica: recoger las raras palabras salidas de la boca de los Phutuy, hijos espirituales de los magos hieráticos que fueron los primeros Discípulos del Maestro: observar las meditaciones de los Phap, monjes errantes, sospechosos a las dinastías de Pekín y de Hué, místicos que han conservado la tradición de las Ciencias Adivinatorias, he aquí la preparación que parece necesaria para medir la profundidad de los capítulos de Laotsu. Es lo que he hecho durante cuatro años, con un profundo amor por la verdad, y una curiosidad templada por el respeto. […]”[1].

 

Capítulo II. El Primer monumento del Conocimiento

No es sólo por un razonamiento cronológico que hemos sido conducidos a buscar en la raza amarilla el monumento más antiguo del conocimiento; es por un razonamiento psicológico y lógico, que hemos sido llevados a constatar en ella el monumento más exacto de este conocimiento.

Siendo los Amarillos esencialmente tradicionales, la esencia de su filosofía debía residir en los libros más remotos: éstos, escritos en épocas lejanas, en las que las necesidades del hombre eran mínimas, y donde el ardor de sus deseos no le empujaba, consciente o inconscientemente, a oscurecer la verdad, debían ser la fuente de todas las enseñanzas ulteriores. La piedad filial de los Chinos consideraba pues que todo lo que podía interesar al hombre estaba contenido virtualmente en los primeros libros, y que todas las respuestas a todos los problemas estaban allí potencialmente incluidas: las soluciones y las clarificaciones, necesarias a las nuevas ciencias, debían encontrarse en las leyes antiguas, en germen, y debían ser desarrolladas en un sentido analógico a las soluciones que daban a las ciencias de las épocas en las que fueron compuestos. La convicción de esta síntesis, tan poderosa que comprendía en embrión todos los esfuerzos concebibles del espíritu humano, constituye el fundamento y la certidumbre de toda la filosofía asiática, y ha desarrollado el espíritu analógico y deductivo de la Raza Amarilla.

* Matgioi, La voie métaphysique, Éditions Traditionnelles, Paris, 1936.

[1] Le Tao de Laotseu, traduit du chinois par Matgioi (Albert de Pouvourville), Libraire de l’Art Indépendant, Paris, 1894.

 

(Continúa)

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