El príncipe Fiel *

Anónimo

 

Érase una vez un rey y una reina que no tenían hijos; pero al final, a fuerza de desearlo, la reina tuvo un hijo varón.

En el bautismo del niño, que recibió el nombre de Fiel, poderosos y humildes vinieron de todas las partes del reino. Entre los primeros había un señor de la Dalecarlia que, como padrino, ofreció una gran casa como regalo, siempre y cuando tomara posesión de ella sólo el día de su decimoquinto cumpleaños.

Pasaron los años y el príncipe creció en fuerza y ​​belleza; pero estaba sombrío, como si algo misterioso rodeara su corazón, y nadie del grupo de nobles señores que le habían sido destinado como amigos conseguía alegrarlo. El pensamiento de su futura casa y el momento en que cruzaría el umbral le obsesionaban.

El tiempo corría lentamente, pero finalmente llegó el día tan esperado. El rey tomó de la mano a su hijo y juntos entraron en la nueva residencia. En la entrada había una magnífica chimenea flanqueada por magníficas columnas cubiertas con platos de oro y plata y ollas de cobre. En una pared del salón brillaban unos ganchos de plata de los que estaba suspendida una silla de montar dorada. Finalmente, en el centro de la estancia había un majestuoso caballo con bridas de oro, y la grupa cubierta con una tela escarlata entretejida en plata.

El príncipe no se impresionó en absoluto con las decoraciones de su nueva casa, casi quedó algo decepcionado. A quién le importaba tanto oro y cobre, ¡había mucho más en las arcas del palacio! En cambio, le gustaba el caballo y un día se subió a su grupa y salió de la ciudad. Apenas cruzó las murallas, entrando en un denso bosque, se encontró con una manada de lobos que luchaban entre sí ferozmente.
“¡Ponte en medio y sepáralos!”, dijo el caballo. Y el príncipe descendió y los separó.
Entonces los lobos dijeron: “Te damos las gracias, querido príncipe Fiel, por venir en nuestro socorro. No dudes que te devolveremos el favor yendo en tu ayuda si algún día te encontraras en dificultades”.
“Bien, bien”, respondió el príncipe, subiendo al caballo; pero en su fuero interno estaba seguro de que nunca se encontraría en dificultades.

Cabalgando por otro tramo del bosque encontró el camino bloqueado por un grupo de gigantes que estaban en una pelea.

“¡Ponte en medio y sepáralos!”, dijo el caballo.

Y el príncipe bajó de su montura y los separó.

Dijeron los gigantes, secándose el sudor y curando sus heridas: “Te damos las gracias, querido príncipe, por haber venido en nuestro socorro. Ten por seguro que te devolveremos el favor si algún día te encontraras en dificultades”.

El príncipe cabalgó por otro bello camino y llegó a un enorme lago rodeado por bosques y montañas. Hacia la ribera, el bosque se abría en una vasta llanura y el príncipe, bajando del caballo, se acercó a la orilla. En la superficie flotaban lirios blancos, y mientras intentaba agarrar uno con una rama, el príncipe vio un hermoso y grueso lucio al sol panza arriba. Lo agarró con las manos.

“¿Para qué quieres un lucio?”, dijo el caballo. “¡Devuélvelo al agua!”

* Cuento retomado de las anotaciones de Carl von Zeipel, ms. en la Kurlinga Bibliotek, Estocolmo (cf. Fiabe popolari svedesi, a cargo de A. Palme Sanavio, Rizzoli, Milano, 2017).

 

 

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