El don de la perseverancia

Download_pdfSan Agustín

A Próspero e Hilario

  1. 1. […] Afirmamos en primer lugar paladinamente que la perseve­rancia, con la que se persevera en el amor de Dios y de Cristo hasta el fin, esto es, hasta que se termina esta vida, en la cual únicamente hay peligro de caer, es un don gratuito de Dios. Por ende, nadie sabe toda­vía si ha recibido ya tal don mientras vive en esta vida terrena, porque si cae antes de morir, se dice que no perseveró, y se dice con toda verdad; ¿cómo, pues, podía decir que recibió la perseverancia el que no perseveró? Así, si alguno tiene la continencia y cae, haciéndose incontinente, o tiene la justicia, o la paciencia, o la misma fe y las pier­de, con toda verdad se dice que las tuvo, pero no las tiene; fue conti­nente, fue justo, fue paciente, fue fiel mientras lo fue; empero, cuando dejó de serlo, ya no es lo que fue. El que no persevera, ¿cómo fue perseverante, si perseverando es como se demuestra que uno perse­vera, cosa que el tal no hizo? Y no se me venga diciendo que si desde que se hizo fiel o aceptó la fe vivió, v. gr., diez años, y a la mitad de este tiempo apostató, ¿acaso no perseveró cinco años? Yo no trato de la materialidad de las palabras, en virtud de lo cual a eso se llama también perseverancia en ese tiempo; de la que yo, trato, de la perse­verancia con la que se persevera en Cristo hasta el fin, de ningún modo puede decirse que la poseyó quien no perseveró hasta el fin. Y mejor se puede decir que la tuvo el hombre que fue fiel un año o menos, si hasta que murió vivió en conformidad con la fe, que el otro que fue fiel durante muchos años, pero poco antes de la muerte apostató de la fe.
  2. 2. Esto bien establecido, veamos si la perseverancia, de la que se dice: El que perseverare hasta el fin, será salvo, es don gratuito de Dios[1]. […]
  3. 3. […] ¡Oh hombre! Dios es testigo no sólo de tus palabras, sino también de tus pensamientos. Si con sinceridad y con fe pides algo a tan gran Señor, cree que lo que recibes, lo recibes de aquel a quien lo pides; no quieras honrarlo de pico y anteponerte a Él en tu corazón creyendo que es cosa tuya propia aquello mismo que finges pedir. O ¿es que no le pedimos a Él esta perseverancia de que venimos tratan­do? Al que esto diga, ya no tengo que refutarlo con mis razones, sino abrumarlo con los testimonios y afirmaciones de los santos. ¿Hay, acaso, alguno de éstos que no pida continuamente a Dios la perse­verancia, cuando al recitar la oración dominical no se hace otra cosa que pedir dicha dádiva divina?

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