Editorial nº 45

El presente número de la revista se propone encontrar una respuesta a la pregunta planteada por nuestro colaborador Albano Martín de la Scala en su artículo ¿Qué buscar? Evidentemente, para quien adopta una perspectiva iniciática, el objetivo de la búsqueda no puede ser otro que el conocimiento, ¿pero cuál?

René Guénon en Conocimiento iniciático y “cultura” profana clarifica que no se trata de esta última, con la cual el primero, bajo diversos aspectos, es incompatible.

Lao-tsu y Chuang-tsu, en varios Apólogos sobre la lectura, indican la imposibilidad de expresar verbalmente la verdad, de donde la consiguiente inutilidad de los libros a fines de un verdadero conocimiento. La lectura, incluso la de los textos tradicionales, como mucho puede ser funcional a una clarificación y purificación mental propedéutica al verdadero conocimiento.

Hay muchos modos diferentes de leer y cada uno de ellos conlleva consecuencias y frutos igualmente diferentes: es lo que de un modo profundo muestra René Guénon en la segunda parte de su artículo A propósito de la vinculación iniciática. En la Epístola a Cangrande, Dante ilustra las diferentes llaves interpretativas de la Commedia e indica la correcta actitud para obtener beneficio de su lectura.

Sólo la frecuentación de quien, al menos en parte, es depositario del conocimiento puede proporcionar los medios y la profundidad para acercarse a la comprensión de los textos que entonces son tomados como símbolos: este es uno de los conceptos presentes en el capítulo El primer monumento del conocimiento de La Vía metafísica de Matgioi. Faltando el aspecto vital, se corre el riesgo de tener el final de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, cuya aspiración mal dirigida y extraviada por las excesivas lecturas toma la forma de una grotesca locura.

En los extractos de las Cartas a Lucilio, Séneca enseña que “La virtud no se acomodará en un espacio angosto: lo que es grande requiere un espacio amplio. Es necesario sacar todo del propio pecho y dejarlo libre para la virtud”. Sobre la cuestión, en Maravillas del corazón, Al-Ghazālī habla de la inspiración de los sufíes y de las diferencias que separan de la enseñanza de los doctos, mientras que en el Primer sermón de Pentecostés Johannes Tauler indica cómo preparar el espacio para acoger los dones del Espíritu Santo y cuál es su naturaleza.

Al-‘Arabî ad-Darqâwî en Cartas de un maestro sufí insta a la tensión hacia lo espiritual y al abandono del apego al mundo sensible e invita a ocuparse de aquello que Dios ordena, sin distraerse en considerar las consecuencias, concentrándose en cambio en el cumplimiento del propio deber. Se trata de una doctrina que puede parecer “pobre” respecto a otras, pero que en realidad es apta para crear las condiciones para recibir los dones divinos y la ciencia infusa.

Este número de la revista termina con un cuento popular sueco de título El príncipe Fiel, en la que se ve cómo las indicaciones recibidas por quien recorre la Vía son a menudo difíciles de interpretar, si bien es precisamente de la confianza que se deposite en ellas que depende el resultado final.

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