Editorial nº 42

Download_pdf

 

El presente número de la revista está dedicado al com­promiso iniciático. Entendemos fundamental, para com­prender bien de qué se trata, aclarar muy sintéticamente el recorrido y el fin último de la iniciación. Sólo a través de un trabajo de purificación que desvincule al ser de los apegos mundanos y haga crecer en él la virtud, le permitirá prepararse para la extinción del ego, final de los “pequeños misterios” y preludio a los “grandes misterios” que culmi­nan en la “liberación final”. El penoso trabajo de desapego del mundo y la muerte al ego son descritos veladamente por Dante Alighieri en la Epístola IV y en el canto que le sigue, mientras son tratados con toda evidencia en algunas Cartas de Mulay ad-Darqâwî, que desarman por concisión y claridad.

La importancia para quien ama apasionadamente la vir­tud de la constante búsqueda del “sumo bien”, respetando el compromiso de someterse a la Ley universal y así derrotar a los propios vicios, se desprende de las Epístolas a Lucilio de Lucio Anneo Séneca, de las que presentamos algunos extractos.

En el artículo Vía iniciática y vía mística René Guénon muestra la incompatibilidad entre estas dos vías, la primera caracterizada por una actitud activa que en cambio está ausente en la segunda, mientras en De las condiciones de la iniciación el mismo autor señala como la “cualificación”, la transmisión regular y el trabajo interior son indispen­sables para recorrer un camino iniciático.

A continuación, en las Pláticas instructivas Maestro Eckhart indica cómo el dominio de un arte se une a un largo y apasionado trabajo, y cómo el hombre puede llegar a ser impregnado de modo natural con la presencia divina sólo pasando a través de una atención continua a los propios actos y una constante tensión hacia Dios. Temas estos que no son lejanos a los beneficios de una vida reti­rada, que encontramos en la tercera y última parte de los extractos de La vida solitaria de Petrarca.

De la Biblioteca de Apolodoro, la narración de Los doce trabajos de Heracles es una clara representación simbólica de las pruebas del alma que progresivamente se libera de los vicios, vence al destino y conquista la eternidad con la fuerza de la virtud, como reconoce y profundiza Denys Roman en su artículo Los doce trabajos de Hércules.

Finalmente, la acción de la Providencia, que interviene en ayuda del ser humano desde que éste se ha comprome­tido con dedicación y coherencia a las obligaciones de su propio estado, incluso con medios manifiestamente inade­cuados, se relata en la fábula de los Hermanos Grimm La verdadera novia, la cual reconquista su condición en vir­tud de esa coherencia.

Vistas las frecuentes referencias a los artículos inspirados por la tradición clásica que nuestra revista propone, enten­demos oportuno hacer una precisión, cuando leemos que “de Pitágoras a Virgilio y de Virgilio a Dante, la “cadena de la tradición” sin duda nunca fue interrumpida sobre la tierra de Italia”[1], no podemos evitar reflexionar sobre las nefastas consecuencias de un “prejuicio anti-clásico” que se podría desarrollar en reacción al “prejuicio clásico”[2]. Ciertamente la situación de degeneración y decaimiento espiritual del mundo clásico grecorromano no autoriza, por usar un eufemismo, una recogida “a manos llenas” de su patrimonio, pero sus enseñanzas doctrinales permanecen[3], bien visibles a un atento examen, en diversas escuelas esotéricas[4] tales como el pitagorismo y el orfismo para llegar a Dante y a los Fedeli d’Amore y el propio Summo Poeta da una “clave” para reconocer aquellos autores entre los “clásicos” en los que se puede vislumbrar una enseñan­za iniciática, colocándolos en el “noble castillo” entre los “espíritus Magnos”[5].

[1] R. Guénon, L’Ésoterisme de Dante, Gallimard, Paris, 1957, cap. II: La “Fede Santa”.

[2] R. Guénon, Introduction générale à l’étude des doctrines hindoues, Véga, Paris, 1952, cap. III: Le préjugé classique (“Ya hemos indicado lo que entendemos por ‘prejuicio clásico’: es propiamente el prejuicio de atribuir a los Griegos y a los Romanos el origen de toda civiliza­ción. […] Para cualquiera que quiera examinar las cosas con impar­cialidad, es manifiesto que los Griegos, como mínimo desde el punto de vista intelectual, verdaderamente han tomado prestado casi todo a los Orientales, tal como ellos mismos han confesado con bastante frecuencia. […] El supuesto ‘milagro griego’, tal como lo llaman sus entusiastas admiradores, se reduce en suma a bien poca cosa, o al menos, allí donde implica un cambio profundo, este cambio es una decadencia: es la individualización de las concepciones, la substitución de lo intelectual puro por lo racional, del punto de vista metafísico por el punto de vista científico y filosófico. […] Esta tendencia ‘práctica’, en el sentido más habitual de la palabra, es una de las que va a ir acentuándose con el desarrollo de la civilización occidental, y es visiblemente predominante en la época moderna; no puede hacerse ninguna excepción a este respecto salvo en el caso de la Edad Media, mucho más orientada a la especulación pura”) y cap. IV: Questions de chronologie (“Platón cuyo testimonio no debería de ser sospechoso en este caso, no temió referir en el Timeo que los egipcios trataban a los Griegos como ‘niños’”).

[3] R. Guénon, Comptes rendus, Éditions Traditionnelles, Paris, 1973, Carlo Kerényi, La Religione antica nelle sue linee fondamentali, Zanichelli, Bologna, 1940 (“En lo que concierne a los Romanos, el papel tan retraído del mito, al menos anteriormente a la influencia griega, pone en todo su relieve el lado ‘cultual’; y, a este propósito, habría mucho que decir sobre la noción de la acción cumplida rito (cf. el sánscrito rita), que está muy lejos de reducirse, como algunos han creído, a una concepción únicamente ‘jurídica’ (concepción que más bien sería, a la inversa, una especie de degeneración de esta misma noción); pero, ahí también, se siente la falta de un conocimiento directo y efectivo de los ritos (no queremos decir, por supuesto, de los ritos romanos o griegos en particular, puesto que pertenecen a formas tradicionales desaparecidas, sino simplemente de los ritos en general). Por otra parte, la vida del Flamen Dialis, que está descrita en detalle, es un ejemplo notable de una existencia que permaneció enteramente tradicional en un medio que había devenido ya profano en una medida bastante amplia; es este contraste lo que hace aparente su extrañeza, y no obstante, aunque esto escape evidentemente al autor, es un tal tipo de existencia, donde todo tiene un valor simbólico, lo que debería ser considerado como verdaderamente ‘normal’” – El Flamen Dialis era el sacerdote de la antigua Roma prepósito del culto de Júpiter Capitolino).

[4] No está claro cuál era la profundidad de las enseñanzas orales im­partidas en las escuelas sapienciales grecorromanas. Los escritos que han llegado hasta nuestros días raramente tocan la esfera de la metafísica y no superan el punto de vista ontológico limitándose a dar válidas indicaciones concernientes a la fase inicial del camino iniciático, es decir, la purificación del ser a través de la búsqueda de la virtud y la lucha contra los vicios. Vista la importancia que revisten tales fases entendemos que la publicación de estos textos puede resultar útil a quien sienta una aspiración a lo espiritual.

[5] Dante Alighieri, Commedia, I, IV, 106-144.

 

0

Tu carrito