Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

 

La “… naturaleza individual… procede de entrada de lo que el ser es en sí mismo, y que representa su lado interior y activo, y después, secundariamente, del conjunto de influencias del medio en el cual se manifiesta, que representan su lado exterior y pasivo. … debemos referir el primer elemento al sentido vertical, y el segundo al sentido horizontal. En efecto, la vertical representa entonces aquello que religa entre sí a todos los estados de manifestación de un mismo ser, y que necesariamente es la expresión de este ser mismo, o, si se quiere, de su “personalidad”, la proyección directa por la cual ésta se refleja en todos los estados, mientras que el plano horizontal representará el dominio de un cierto estado de manifestación, considerado aquí en el sentido “macrocósmico”[1].

Algunos aspectos de las tendencias generadas por estos dos elementos constitutivos de la naturaleza individual de un ser se encuentran magistralmente personificadas en los principales protagonistas de la obra maestra de Cervantes.

Don Quijote manifiesta una tensión hacia lo alto que, privada de auténticas referencias espirituales no puede encontrar salida, mientras Sancho Panza encarna al “sentido común” popular y estas predisposiciones emergen hasta de su estructura física: alto y delgado el primero, bajo y grueso del segundo.

Don Quijote aspira a encontrar su propia naturaleza profunda pero, oscurecido por locura y pensamientos erráticos, se encuentra en situaciones grotescas y profundamente dramáticas.

Presentamos a continuación algunos extractos del Don Quijote, en los cuales se pone de relieve cómo una exagerada y desordenada lectura de textos tradicionales puede conducir a una visión completamente distorsionada de la realidad[2], peligro del que tampoco hoy se está exento y en este sentido la obra maestra de Cervantes contiene un mensaje atemporal. El protagonista está convencido incluso de haber recibido una transmisión iniciática regular, cuando sólo se trataba de una payasada. La destrucción de los libros por parte de sus amigos no basta para hacerlo volver en sí y recupera la razón sólo poco antes de morir, al término de sus torpes y ruinosas aventuras.

Consideramos oportuno en este punto lo que dice Abdul–Hâdi: “Europa ha realizado diversas tentativas para fundir Don Quijote y Sancho Panza en un único personaje. Todas han sido fallidas, ya que aquellas que han tenido éxito han salido del Cristianismo fundando el libre pensamiento. Mencionaremos solamente dos de estas tentativas fallidas, dos extremos, el satánico y el grotesco: el Jesuita y Tartarino de Tarascona. No veo sino un solo Occidental capaz de resolver el problema: San Rabelais. Pero éste, que era un iniciado, probablemente sabía que la solución existía ya hace siglos, la de los Malâmatiyah. Para ilustrar nuestro análisis, confrontaremos al Malâmati con Tartarino. El primero exhibe a Sancho Panza y oculta a Don Quijote en su fuero interior como una especie de segunda intención que está siempre con él, pero que no exterioriza nunca. Por el contrario, el héroe de Daudet, manifiesta su Don Quijote en el Tartarino de las expediciones lejanas, mientras que su Sancho Panza, el Tartarino barriga al aire, está oculto a todos, excepto a la criada”[3].

Capítulo I

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. […]

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. […]

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año–, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…».

(Continúa)

[1] R. Guénon, La Grande Triade, Revue de la Table Ronde, Paris/Nancy, 1946, cap. XIII: L’être et le milieu (cf. Letra y Espíritu, n. 35, diciembre 2013).

[2] Sin duda, una fase de lectura y profundización de los textos tradicionales encuentra lugar legítimo en el trabajo de purificación y rectificación mental de la aspiración. Esta actividad permitirá a la individualidad “desembarazarse de las falsas ideas de las que su mental está saturado”. Se trata de un “trabajo preliminar y negativo, que representa uno de los sentidos de lo que la iniciación masónica designa simbólicamente como el ‘despojamiento de los metales’” (cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, Pardes, 2012, cap. XXXIII: Conocimiento iniciático y “cultura” profana, retomado en este mismo número). La lectura, por tanto, puede ayudar a cumplir un trabajo propedéutico fundamental, orientando los primeros pasos del aspirante hacia un camino iniciático, con el cual, no obstante no debe ser confundida.

[3] Abdul–Hâdi, L’Universalité en l’Islam, La Gnose, no 4, abril 1911.

 

 

 

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