Cartas a Lucilio *

Séneca

Epístola II.

De los viajes y de la lectura.

[1] Por lo que escribes y por lo que oigo, concibo buenas esperanzas de ti; no corres, no cambias frecuentemente de lugar. Esta agitación solamente es propia de ánimos enfermos. Creo que la primera señal de mente sólida es poder pararse y conmorar consigo misma.

[2] Pero ten cuidado, no sea que la lectura de tantos autores y de todo género de libros tenga algo de vago e inestable. Conviene detenerse y nutrirse de ciertos ingenios si queremos obtener de ellos algo que se adhiera sólidamente a nuestro ánimo. El que está en todas partes, no está en ninguna. Los que viajan sin cesar, tienen muchos huéspedes y ningún amigo. Así ocurre necesariamente a los que no se fijan en ningún autor y pasan ligeramente por todas las materias.

[3] No aprovecha la comida, ni nutre al cuerpo si se toma y devuelve enseguida. Nada perjudica tanto a la curación como el continuo cambio de remedios. No se cicatriza la herida mientras se están ensayando en ella medicamentos; no arraiga el árbol que se trasplanta con frecuencia, ni existe nada tan saludable que aproveche con pasar solamente. La multitud de libros disipa. Cuando no se pueden leer todos los que se tienen, basta tener los que pueden leerse.

[4] Pero me dirás: – quiero leer en tanto éste, en tanto aquél. – De estómago cansado es querer probar de muchos manjares, que siendo varios y diversos perjudican y no alimentan. Lee siempre autores afamados, y si te ocurre leer otros, vuelve a los primeros. Atesora diariamente algo contra la muerte y demás miserias, y cuando hayas recorrido muchas cosas, elige una para digerirla bien aquel día.

[5] Esto hago yo, y me fijo siempre en algo de lo mucho que leo. He aquí lo que he encontrado hoy en Epicuro (porque suelo penetrar en el campo enemigo, no como tránsfuga sino como explorador): “Cosa muy honesta es, dice, regocijada pobreza”[1].

[6] Pero si es regocijada, no es pobreza: porque no es pobre el que tiene poco, sino el que desea más de lo que tiene. ¿Qué importa poseer mucho dinero, granos, rebaños y rentas, si se ambiciona el bien de otro y si se estima en mucho más lo que se desea tener que lo que se posee? ¿Preguntas cuál es el límite de la riqueza? El primero es tener lo necesario, y el segundo lo suficiente. Adiós.

(Continúa)

* Extracto de Epístolas Morales (cf. Seneca, a cargo de D. Francisco Navarro y Calvo, Luis Navarro Editor, Madrid, 1884). Para una breve presentación de Lucio Anneo Séneca nos remitimos a Letra y Espíritu, n. 42, Junio 2017.

[1] Epicuro de Samos, filósofo griego fundador (341-270 a. C.).

 

 

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