Apólogos sobre la lectura

I Lao-tsu

Cap. 81 A. (He terminado. Quizás encontraréis mi discurso bastante rudo, poco sutil, apenas docto.) Y es que la franqueza espontánea no se disfraza, la rectitud natural no discute, el sentido común prescinde de la erudición artificial.

III Chuang-tsu

Cap. 13H. En el mundo actual, la moda son los libros (antologías de Confucio). Los libros no son más que palabras ensambladas. Las palabras traducen ideas. Ahora bien, las ideas verdaderas, derivan de un principio no sensible, y apenas pueden ser mejor expresadas en palabras que él. Las fórmulas que llenan los libros, no expresan sino ideas convencionales, las cuales responden poco o nada a la naturaleza de las cosas, a la verdad. Aquellos que conocen la naturaleza, no intentan expresarlo en palabras; y los que lo intentan, demuestran con ello que no la conocen. El vulgo se engaña buscando verdades en los libros; no contienen sino ideas engañosas.

Cap. 13 I. Un día, mientras el duque Hoan de Ts’i estaba leyendo, sentado en la sala superior, el carpintero Pien trabajaba haciendo una rueda en el patio. Súbitamente, dejando su martillo y su cincel, subió las escaleras, abordó al duque y le dijo:

  • ¿Qué estáis leyendo?
  • Las palabras de los Sabios, respondió el duque.
  • ¿De Sabios vivos? preguntó Pien.
  • De Sabios muertos, dijo el duque.
  • ¡Ah! dijo Pien, los desperdicios de los antiguos.

Irritado, el duque le dijo:

  • Carpintero, ¿en qué te metes tú? Discúlpate ahora mismo, o hago que te maten.
  • Me disculparé como los hombres de mi oficio, retomó el carpintero. Cuando fabrico una rueda, si voy poco a poco, el resultado será pobre; si voy enérgicamente el resultado será tosco; si voy, no sé cómo, el resultado será conforme a mi ideal, una buena y bella rueda; no puedo definir este método; es un truco que no puede expresarse; hasta tal punto que no he podido enseñárselo a mi hijo, y que, con setenta años, para tener una buena rueda, todavía es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos Sabios difuntos cuyos libros leéis, ¿la han podido hacer mejor que yo? ¿Han podido depositar, en sus escritos, su truco, su genio, aquello que les hacía superiores al vulgo. Si no, los libros que leéis, como he dicho, no son sino los desperdicios de los antiguos, el vertedero de su espíritu, el cual ha dejado de existir.

(Continúa)

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