A propósito de la vinculación iniciática *

René Guénon

Hay cosas sobre las que es obligado volver casi constantemente, hasta tal punto la mayoría de nuestros contemporáneos, al menos en Occidente, parecen tener dificultad en comprenderlas; y con frecuen­cia, estas cosas son de aquellas que, al mismo tiempo que están en cierto modo en la base de todo lo que se refiere, ya al punto de vista tradicional en general, ya más especialmente al punto de vista esoté­rico e iniciático, son de un orden que normalmente debería conside­rarse más bien elemental. Tal es, por ejemplo, la cuestión del papel y de la eficacia propia de los ritos; y, puede que sea, al menos en parte, a causa de su conexión bastante estrecha con ésta, por lo que la cuestión de la necesidad de la vinculación iniciática parece estar igualmente en el mismo caso. En efecto, desde que se ha compren­dido que la iniciación consiste esencialmente en la transmisión de una cierta influencia espiritual, y que esta transmisión no puede ser operada sino por medio de un rito, que es precisamente aquel por el que se efectúa la vinculación a una organización que tiene como fun­ción ante todo conservar y comunicar la influencia de que se trata, parece que no debería haber ya ninguna dificultad a este respecto; transmisión y vinculación no son en definitiva más que los dos aspectos inversos de una única y misma cosa, según que se la con­sidere descendiendo o remontando la “cadena” iniciática. Sin embar­go, recientemente hemos tenido la ocasión de constatar que la difi­cultad existe incluso para algunos de aquellos que, de hecho, poseen tal vinculación; esto puede parecer más bien sorprendente, pero sin duda hay que ver en ello una consecuencia de la disminución “especulativa” que han sufrido las organizaciones a las que éstos pertenecen, pues es evidente que, para quien se atiene únicamente a este punto de vista “especulativo”, las cuestiones de este orden, y todas las que se pueden llamar propiamente “técnicas”, no pueden mostrarse más que bajo una perspectiva muy indirecta y lejana, y que, por eso mismo, su importancia fundamental corre el riesgo de ser subestimada más o menos completamente. Aún se podría decir que un ejemplo como este permite medir toda la distancia que separa la iniciación virtual de la iniciación efectiva; no es ciertamente que la primera pueda considerarse como desdeñable, sino al contrario, puesto que es ésta la que es la iniciación pro­piamente dicha, es decir, el “comienzo” (initium) indispensable, y porque aporta con ella la posibilidad de todos los desarrollos ulte­riores; pero hay que reconocer que, en las presentes condiciones más que nunca, esta iniciación virtual está muy lejos de constituir el menor comienzo de realización. Sea como sea, pensamos que ya nos hemos explicado suficientemente sobre la necesidad de la vin­culación iniciática[1]; pero, en presencia de algunas preguntas que aún se nos han formulado sobre este tema, creemos útil intentar añadir algunas precisiones complementarias.

La continuación de este capítulo está reservada a los suscriptores de la revista.

* R. Guénon, Iniciación y Realización espiritual, Pardes, 2013, cap. V: A propósito de la vinculación iniciática.

[1] Ver Consideraciones sobre la Iniciación, particularmente cap. V y VIII [Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2012].

 

 

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